El libro de
Ricardo Rojas había nacido como una misión burocrática
encomendada por el gobierno nacional con el fin de “estudiar
el régimen de la educación histórica en las escuelas
europeas”.
“Cumplí el encargo – dice Rojas en el prólogo
a la segunda edición [9] -, regresé a mi país,
presenté el informe, y, bajo el título de ‘La
restauración nacionalista’, dicho informe, impreso oficialmente,
fue repartido gratis a los maestros y publicistas de la República”.
El calor oficial, que jamás acompañó la vida
ni la obra de Ugarte, parecía signar con su favor aquel libro
de Rojas, seguramente el más importante de los muchos que escribiera,
y el cual, ya desde el título, “por su tono alarmante,
inactual y agresivo”, pretendía ser “un grito de
escándalo” lanzado con audacia juvenil en plena plaza
pública. Sin embargo, cuando apareció publicado [10],
“un largo silencio sucedió a su aparición de un
extremo al otro del país. Los principales diarios de Buenos
Aires ni siquiera publicaron el habitual acuse de recibo. Las más
altas personalidades de la política y las letras guardaron
también un prudente mutismo” [11].
Era lógico, ya que además de rebelarse contra una educación
cosmopolita y alejada de las tradiciones nacionales, Rojas estampaba
en su libro frases y pasajes de penetrante contenido nacional, a contramano
de la mentalidad de factoría que había presidido hasta
entonces el accionar político y económico de la “plutocracia
grotesca”, como llamaba Rojas a la elite dominante.
No era poca cosa sostener en la Argentina ultraliberal de 1909 que
el Estado, “en nuestra sociedad anárquica y egoísta
ha tenido la iniciativa de casi todos los progresos” [12], o
afirmar, en abierta fractura con la política educativa de la
época, enciclopédica e irremediablemente europeísta,
que “el momento aconseja con urgencia imprimir a nuestra educación
un carácter nacionalista por medio de la Historia y las humanidades
” [13] y que “el fin de la Historia en la enseñanza
es el patriotismo” [14].
Resultan también notables algunas apreciaciones como ésta,
que tan ajustadamente le sigue cuadrando a no pocos cultores de nuestras
evanescentes letras actuales: “la literatura no es vano ejercicio,
sino esfuerzo trascendental ligado a la existencia misma de la nación”
[15], o esta otra, de relevante valor epistemológico: “un
hecho histórico americano cambia mirado desde Europa; así
el hecho histórico europeo, cambia mirado desde América,
cuando se le mira con los ojos americanos, y no con lentes de doctor
alemán o gafas de político francés ” [16].
El mismo Rojas adopta por momentos esa perspectiva y, al observar
la historia argentina “con ojos americanos”, constata:
“la montonera no fue sino el ejército de la independencia
luchando en el interior, y casi todos los caudillos que la capitaneaban
habían hecho su aprendizaje en la guerra contra los realistas.
Había más afinidades entre Rosas y su pampa o entre
Facundo y su montaña, que entre el señor Rivadavia o
el señor García y el país que querían
gobernar. La Barbarie, siendo gaucha, y puesto que iba a caballo,
era más argentina, era más nuestra. Ella no había
pensado en entregar la soberanía del país a una dinastía
europea. Por lo contrario, la defendió” [17].
¿Cómo no se iban a unir en contra del joven intelectual
santiagueño [18] “La Vanguardia, marxista; La Protesta,
àcrata, y El Pueblo, católico”, además
de “La Prensa” y “La Nación”, si Rojas
lanzaba estos mandobles contra los dogmas historiográficos
del mitrismo, al tiempo que cargaba contra la falta de “espíritu
nacional” de la clase dirigente y de sus aliados de la prensa
periódica, cuyo propósito “de granjería
y de cosmopolitismo” los obligaba a poner “un cuidado
excesivo en el mantenimiento de la paz exterior y del orden interno,
aun a costa de los principios más altos, para salvar los dividendos
de capitalistas británicos, o evitar la censura quimérica
de una Europa que nos ignora ”? [19]
Lamentablemente, esa llamativa unanimidad en la crítica y en
el silenciamiento, hicieron mella en el espíritu combativo
del joven Rojas, quien años después, al prologar una
segunda edición de su libro, confiesa que ya no comulga con
muchos de los dichos “de simple valor polémico”
de éste y se preocupa por dejar sentado que el texto de 1909
había sido mal comprendido por la mayor parte de sus críticos
e incluso por algunos de sus más exacerbados partidarios.
Ya para entonces, 1922, la vida pública de Rojas, como crudamente
señala Norberto Galasso, se había convertido “en
una permanente transacción con los grandes poderes de la factoría,
como recurso para permanecer en la vidriera de la fama” [20].
Si el confesado propósito de “La Restauración…”
había sido “obligar a las gentes a que revisaran el ideario
ya envejecido de Sarmiento y de Alberdi”, lo que él mismo
hará en otro libro rescatable, “Blasón de Plata”,
de 1910; el sentido posterior de su obra y de su trayectoria (rupturista
durante las dos guerras, radical luego de caído Yrigoyen, alvearista
y notorio enemigo del peronismo más tarde) muestran con toda
nitidez la claudicación y renuncia flagrante de aquellos ideales
de juventud.
Sólo como hipótesis planteamos la posibilidad de que
esa claudicación ya estuviera prefigurada en el texto de 1909
y en el recóndito elitismo de su pensamiento político
coetáneo.
Son pocos los pasajes de “La Restauración…”
en los que Rojas menciona al pueblo, criollo o inmigrado, pero cuando
lo hace, invariablemente, utiliza expresiones como “turba ignara”,
“huestes descalzas” u “hordas cosmopolitas”.
Paradójicamente, esa lejanía de lo popular lo aproxima
al “ideario envejecido” del Alberdi de “Las Bases”
y el Sarmiento de “Civilización y Barbarie”, ante
los que él pretendía reaccionar. Y más aún,
lo acerca al Echeverría del “Dogma Socialista”,
quien luego de largas tiradas destinadas a ensalzar los principios
revolucionarios de 1789 –libertad, igualdad, fraternidad- terminaba
aseverando que “el sufragio universal es absurdo”, pues
la democracia “no es el despotismo absoluto de las masas, ni
de las mayorías; es el régimen de la razón”
y, por lo tanto, “sólo es llamada a ejercerla la parte
sensata y racional de la comunidad social ” [21].
Del mismo modo opinaba Rojas, quien, con casi idénticos argumentos,
participa del debate abierto en 1911 en referencia a la reforma electoral
llevada adelante por el presidente Roque Sáenz Peña.
Respondiendo a una encuesta del diario “La Nación”
–a cuya redacción, por otra parte, pertenecía-
Rojas discurre en dos extensos artículos sobre las condiciones
geográficas, sociales, históricas y jurídicas
en las que debería asentarse el nuevo sistema electoral argentino,
y concluye aconsejando la calificación del voto, pues, “¿cómo
han de decidir de los destinos públicos los analfabetos, los
incapaces, los inconscientes?” [22].
Como si el problema del sufragio fuera una cuestión de mayor
o menor ilustración y no de concretos intereses en pugna, Rojas
aboga por una “oligarquía de maestros” que “antes
de llegar a la verdadera democracia” deberá modelar la
cultura ciudadana “de un pueblo heterogéneo, escéptico,
ignorante y sensual”. Así, afirma Rojas, el progreso
cultural del país, permitirá el aumento del grupo de
electores selectos en condiciones de ejercer el derecho de votar.
Por otra parte, ¿por qué alarmarse si se le niega “a
un analfabeto huarpe, quichua o guaraní, morador de un rancho
solitario, el derecho de elegir diputados y electores de presidente”,
si al fin de cuentas, “la constitución no se opone al
voto calificado” y “la igualdad y la libertad verdaderas
no podrán serlo sino más tarde, cuando la humanidad
redimida de las fuerzas cósmicas emprendan su ultimo esfuerzo
de redención sobre la tierra ”? [23].
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