Manuel Gálvez,
amigo y contertulio de Rojas, quien por esos días lo visita
periódicamente en su quinta “Sweet Home” de Olivos
[24] , publica esta inflamada requisitoria contra “el cosmopolitismo
y la desnacionalización actuales”, en y con motivo de
la fecha del centenario.
Su estilo ameno, directo y desprejuiciado -al que se anima, sin duda,
por haber ideado el subterfugio de adjudicar esos apuntes a Gabriel
Quiroga, personaje ficcional, aunque notorio “alter ego”
suyo- asiste a Gálvez para proclamar su ideario nacionalista,
arriesgándose, paradójicamente, a que sus conciudadanos
lo acusen de “mal patriota” o se nieguen a oírlo
“porque están de fiestas”, y a sabiendas de que
“entre tantos elogios, como los que la adulación cosmopolita
y la vanidad casera asestarán a mi patria, daré ‘la
nota discordante’. Pero no me aflijo. Por el contrario, ello
me encanta, pues considero delicioso no estar de acuerdo con los demás
” [25].
El tono provocador, audaz de esas palabras recorre las páginas
de este libro polémico que, sin embargo, “pasó
casi inadvertido” [26] en el momento de su aparición.
Su leit motiv, como en el texto de Rojas, lo constituye la crítica
recurrente al abandono de las tradiciones nacionales y la consiguiente
desnacionalización del espíritu argentino en aras de
una búsqueda desenfrenada de la riqueza material y el progreso
sin alma.
Gálvez dirige su ataque al carácter cosmopolita del
nuevo país; cosmopolitismo especialmente arraigado en Buenos
Aires, “ciudad tentacular”, y desde allí transmitido
a los pueblos mediterráneos, donde, empero, se conservan aún
atisbos de resistencia como el amor a la patria y el culto del pasado
tradicional y romántico.
Hay sin dudas un profundo sentimiento reaccionario en esa idealización
decadentista del interior, cuya filiación verán algunos
en el Miguel Cané de “Prosa ligera”, quejoso de
la insolencia de la servidumbre inmigrada: “hoy nos sirve un
sirviente europeo que nos roba, que se viste mejor que nosotros y
que recuerda su calidad de hombre libre apenas se le mira con rigor.
Pero en las provincias del interior, sobre todo en las campañas,
quedan aún rastros vigorosos de la vida patriarcal de antaño,
no tan mala como se piensa” [27].
También Gálvez exalta la ”tradición colonial”
de la vida provinciana, “nuestro pasado romántico y ferviente”,
en el que, paradójicamente, finca su optimismo sobre el porvenir
argentino; pero, diferenciándose del autor de “Juvenilia”
–al que llama burlonamente “Homais de protocolo”
[28] -, no deja de señalar el aislamiento, la chatura y la
secular escasez en que vegetan las provincias del Norte y percibe
que esa situación de estancamiento sólo puede ser superada
por la presencia niveladora de la próspera Buenos Aires. “Todas
las excelencias provincianas serán perdidas mientras no realicemos
el milagro de llevar Buenos Aires a las provincias y de traer las
provincias a Buenos Aires” [29]. Para ello es imprescindible,
amén de “llenar las provincias de ferrocarriles y de
escuelas”, cumplir “una sabia política hidráulica”,
ya que “dar agua a las provincias es darle civilización,
ideas, higiene, población, trabajo, riqueza. El agua será
para las gentes de provincia lo que hará nacer su actividad
mental y material ” [30].
En cuanto al otro término de la relación –el que
más desvela a Gálvez-: “traer las provincias a
Buenos Aires”, el futuro novelista, en consonancia con la propuesta
de su amigo Rojas, plantea recuperar la vida espiritual del país
“por la educación de los ciudadanos, el estudio del alma
colectiva y la sugestión de los viejos ideales” [31]
. Pero no se queda sólo allí; si con ello no alcanzara,
la dupla Gálvez- Quiroga propone un método más
expeditivo: la guerra con el Brasil, y más específicamente
el desastre que sobrevendría a una casi segura derrota, “pues
sólo el desastre logrará hacernos reconcentrar en nosotros
mismos, ver nuestra historia y nuestra vida más seriamente
que hasta ahora, y saber que la gloria reside en cosas nobles, estables
y profundas” [32].
La entrada del Diario en que consigna esta extravagante idea corresponde
a 1907, pero en la última de ellas, datada el 16 de mayo de
1910, el autor se regocija porque otro hecho violento, aunque de alcance
doméstico, ha venido a demostrar que la “energía
nacional” no había desaparecido. Hace referencia al vandalismo
de ciertas patotas de jóvenes “bien” que en respuesta
a la actitud anarquista de boicot a los festejos del centenario, se
dedicaron a empastelar imprentas y a perseguir y maltratar obreros
“mientras echaban a vuelo las notas del himno patrio”.
Tales hechos de violencia, afirma Gálvez, “han socavado
un poco el materialismo del presente, han hecho nacer sentimientos
nacionalistas, han realizado una conmoción de entusiasmos dormidos
y tal vez han vuelto innecesaria la guerra y la catástrofe
que hasta hoy me parecían de absoluta necesidad como terapéutica
de caso extremo” [33].
El profundo desacierto de Gálvez radica en creer que algo podía
esperar el país de los sectores minoritarios de la clase oligárquica,
cuyo patriotismo conservador era de vuelo tan bajo que, ante el primer
atisbo de levantamiento de las masas, correría a refugiarse
en los brazos protectores del “odiado” amo extranjero.
El nacionalismo preconizado por Gálvez en este libro, como
antes lo vislumbramos en el de Rojas, tiene los límites férreos
propuestos por su elitista desconfianza hacia el pueblo. Años
después, pese a sus simpatías por el peronismo y ante
la disyuntiva entre el poder reaccionario de la Santa Sede y el de
las masas haciendo su revolución, terminará por definirse
a favor del primero, publicando una de sus obras más antipopulares,
“Tránsito Guzmán”, la que marca el ocaso
definitivo de su carrera como novelista.
Lo apuntado, sin embargo, no es motivo para que dejemos de destacar,
entre incontables y desconcertantes máculas, los logros, que
son muchos, verdaderas iluminaciones de la obra que venimos comentando,
paradójicamente dedicada a Mitre y a Sarmiento [34], aunque
en rigor destinada a criticar acerbamente las ideas esenciales de
ambos próceres.
En ese sentido, las páginas dedicadas al sanjuanino resultan
antológicas: “Sarmiento quedará como el más
grande de los argentinos porque ha sido el más argentino de
todos”. Pero no por su ilustración o por su afán
liberal y progresista, sino porque “dentro de sí, tal
vez sin saberlo, llevaba toda la barbarie de su tiempo”. Es
más, “sus libros, informes y bárbaros, son la
obra de un faccioso y equivalen en literatura a la montonera y a la
política de desorganización”.
Para Galvez el unitarismo de Sarmiento “y su anhelo de implantar
en el país instituciones y costumbres norteamericanas son cosas
incomprensibles”, dado que Sarmiento “era el tipo genuino
del federal y del castellano viejo” y espiritualmente se hallaba
“más cerca del Chacho que de Rivadavia y de Juan Cruz
Varela”. Por eso lo menos admirable del sanjuanino es su obra
unitaria, civilizadora, “exótica dentro de un temperamento
como el suyo”.
Años después, en su biografía de Sarmiento, con
muchos más elementos de juicio a su alcance, Gálvez
desarrollará estos conceptos - no del todo de acuerdo con el
revisionismo rosista tradicional-, atenuando un tanto su entusiasmo
por don Domingo, pero, en el fondo, sin modificaciones demasiado sustanciales
[35].
Algo más dura resulta su crítica respecto de Alberdi,
sobre todo una en la que, al par de mostrar una notable penetración
y honestidad intelectual, Gálvez contradice otros pasajes,
notoriamente racistas de su libro [36].
Su crítica al pensador tucumano se centra en una expresión
de éste: “En América, lo que no es europeo es
salvaje”. “Con tal frase entendía negar el americanismo”,
comenta Gálvez. Y arremete: “Alberdi, como los sociólogos
librescos de ahora, parecía ignorar que la mezcla de las razas
es un hecho evidente. Tal vez no haya una sola familia tradicional
cuya sangre europea, en el pasado secular, se librara de la aleación
inevitable con la estirpe aborigen. (…) Viajando por el interior
de la República se comprueba la existencia del tipo americano,
que no es español ni es indio, si bien participa en algo de
uno y otro” [37]. Esta correcta y, para la Argentina de la época,
insólita apreciación del fenómeno del mestizaje,
lo lleva a sostener la existencia de un “tipo americano, genuino
y característico” y más aún: “otro
dato que prueba la realidad de mis afirmaciones es que, diferenciándonos
de los europeos tan visiblemente, los hispanoamericanos tenemos infinidad
de costumbres, sentimientos e ideas comunes. (…) Todas las semejanzas
que tenemos los hispanoamericano unos con otros, mal que nos pese
a los argentinos, nos acercan increíblemente y revelan, no
sé si por suerte o por desgracia, la existencia de un tipo
uniforme en los países americanos de habla española”
[38]. Más adelante veremos que esta idea es compartida por
Manuel Ugarte, quien, dicho sea al pasar, frecuentó la amistad
tanto de Gálvez como de Rojas, especialmente del primero, con
quien mantuvo asidua correspondencia desde Europa [39].
Imposible sería reseñar en pocas páginas –constreñidos
como estamos por el espacio- este libro breve y apasionado, pero lleno
de ideas siempre audaces e incitantes. No nos resistimos a copiar
ésta que destina a Alberdi pero le cae, como sayo de sastrería,
a muchos pedantes académicos de ayer y del presente: “Hay
hombres que, no habiendo salido jamás de Buenos Aires sino
para ir a Europa, escriben seriamente y sapientísimamente volúmenes
de sociología argentina” [40]. O esta otra: “Los
cuarenta años de nuestra barbarie no son otra cosa que la rebelión
del espíritu americano contra el espíritu europeo”
[41] . O finalmente esta aseveración, que lo muestra como un
verdadero adelantado de la escuela histórica revisionista,
tanto de derecha como de izquierda [42]: “Los caudillos, oponiéndose
al unitarismo, salvaron al país, sin saberlo indudablemente,
de su precoz desnacionalización. Ellos fueron los oscuros trabajadores
de nuestra nacionalidad. Mientras los unitarios meditaban constituciones
abstractas, tramaban pactos con los gobiernos extranjeros contra su
propio país y escribían odas retóricas y pedantes,
en las entrañas de aquella barbarie, hoy tan incomprendida,
se elaboraban la conciencia nacional y el espíritu eterno de
la futura Patria ” [43].
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