Si
bien es cierto que libros como “La Restauración Nacionalista”-
como vimos, desvirtuado en buena parte por la obra posterior de Rojas-,
y “El Diario de Gabriel Quiroga”, de Gálvez, constituyen
un aporte sin duda importante para el desarrollo de una tendencia
ideológica de signo nacional en la Argentina, la contribución
de Manuel Ugarte –silenciada póstumamente con más
empeño aun de lo que fuera en vida- consta de puntos focales
de tal originalidad y vigencia que lo ubican como un visionario en
muchos aspectos del quehacer político y cultural argentino
(y latinoamericano) del último siglo. Nos abocaremos en estas
páginas, exclusivamente, a su libro de 1910 “El porvenir
de la América Española”, coetáneo de los
textos de Rojas y Gálvez, pero desatendido –cuando no
simplemente ignorado- por los estudiosos del pensamiento político
argentino y particularmente del, por algunos denominado, “primer
nacionalismo” o “nacionalismo del Centenario [44] ”.
El texto de Ugarte comienza contemplando, “con
perspectiva histórica”, el drama del descubrimiento y
la conquista americanas por parte de Europa.
Sin plegarse a las prejuiciosas leyendas (negra y rosa), prevalecientes
por entonces, deduce con criterio particular que la conquista fue
cruel y fanática (aunque llena de rasgos heroicos) porque el
espíritu de la Edad Media aún pervivía en los
conquistadores. Éstos estaban conformados en la atmósfera
feudal, dominada por la violencia y el exterminio y no dejaron crimen
por cometer en las nuevas tierras. Pero, lejos de achacar esas iniquidades
al pueblo español, Ugarte recuerda que para el régimen
feudal “el fuerte tenía derechos naturales sobre el débil”
y por lo tanto las manchas de la conquista deberían ser cargadas
por un siglo, no por una nación.
Los indios –dice Ugarte- poseían otro sentido, más
altruista, de la solidaridad, pero los descubridores, pese a todos
sus crímenes, dieron cima a “la más noble victoria
del espíritu humano”. Por eso, paradójicamente,
la conquista fue una proeza heroica y al mismo tiempo una catástrofe.
Algunos se felicitan de esto último en nombre del progreso.
Pero Ugarte no comparte ese prejuicio. No existen los hombres inferiores,
“todos pueden alcanzar su desarrollo si les colocamos en una
atmósfera favorable”. Por eso, “si queremos ser
plenamente americanos, el primitivo dueño de los territorios
tiene que ser aceptado como componente en la mezcla insegura de la
raza en formación [45] ”.
La defensa del mestizaje - “mezcla hirviente de la futura raza
sudamericana”- que hace Ugarte en este libro, en directa conexión
con el José Vasconcelos de “La raza cósmica”
(1925), resulta inusual en la literatura argentina de la época,
tan plagada de darwinismo social y racismo spenceriano o puramente
criollo. La sociología discriminatoria que entre nosotros cultivaron
los Bunge, Ingenieros, Alvarez, Rivarola y tantos otros, herederos
directos de los Alberdi, Mitre [46] y Sarmiento del siglo XIX, demostró
la carencia más absoluta del sentido de la realidad y como
bien dice Rodolfo Puiggrós “todo lo redujo a una subalterna
acusación de impotencia de la cruza de español, negro
e indio comparada a la pureza, la inteligencia y la capacidad de trabajo
de los anglosajones y germanos [47]”.
Ugarte, en cambio, cree imprescindible reconocer que a los mestizos
“desde el punto de vista de la nacionalidad, les debemos la
mitad de lo que somos [48]”, porque ellos formaron parte de
los ejércitos libertadores y fueron después, en el Río
de la Plata, quienes “dieron su sangre a Artigas, Ramírez
o Quiroga para tener en jaque la tiranía de los puertos y el
espíritu absorbente de sus representantes [49]”.
Eso no implica –en opinión de Ugarte-, que lo que hay
en nuestra sangre de ascendencia española no deba ser reivindicado.
Sobre todo el aporte de la “inmigración actual”,
que nos trae “lo mejor de España [50]”. “Lejos
de quejarnos de nuestra filiación, enorgullezcámonos
de ella- dice-; porque lo que hace la fuerza de los grupos es la constante
comunión con los antepasados [51]”. Lo que no significa
reivindicar sin más, el supuesto título de europeos
trasplantados. Eso sería totalmente absurdo, ya que no es posible
negar que los americanos del Sur se distinguen de una manera profunda
de todas las nacionalidades, sin exceptuar la española.
La diferencia, para Ugarte, proviene del “suelo, las inmigraciones
y la levadura indígena”. Por eso, somos herederos de
Moctezuma y Guatemozín, “de quienes nadie puede avergonzarse”,
pero también reconocemos la filiación hispánica,
ya que de, lo contrario, “nos condenamos a edificar en el viento”.
Solo fortificaremos nuestra originalidad “cultivando el orgullo
de lo que somos [52]”.
En EEUU no hubo mezclas. Entre nosotros sí. No por eso somos
mejores o peores- razona Ugarte. Somos simplemente diferentes. “En
vez de atarnos a la zaga de otros pueblos, tratemos de cohesionar
las moléculas utilizando del mejor modo posible nuestras características
y nuestra composición [53]”.
Pensar en contrario sería atarse a “atavismos insepultos”;
esos de los que hablan los publicistas de la época pero que
Ugarte, menos ceñido a sociologismos vacuos que a su potente
genio político, avizora como fruto de la incertidumbre en que
vivimos los latinoamericanos “ante el porvenir de un continente
dividido”. La desunión de las veinte repúblicas
nacidas con un destino común, y ahora desmigajadas cuando no
enfrentadas por meras rencillas de campanario, constituye nuestro
verdadero drama y el problema a resolver en el inmediato futuro. “Hay
más diferencia entre dos provincias de una nación de
Europa que entre cualquiera de nuestros países”, incluido
Brasil, hijo de Portugal y por ende “fragmento de la gran España”.
Diferenciándose de Gálvez y su pretensión bélica
de patria minúscula, Ugarte afirma rotundamente que “el
Brasil forma parte integrante del haz hispanoamericano y su destino
como nación es inseparable del resto del continente [54]”.
Un destino que nos enfrenta inexorablemente con la otra América,
la América anglosajona, cuyos intereses son inconciliables
con los nuestros.
A partir de este punto, Ugarte despliega un amplio caudal de argumentos
para demostrar la antinomia histórica entre las dos Américas
y concluye: “todo tiende a alejar a los latinos de los anglosajones
y todo concurre al mismo tiempo a hacer que estos últimos influyan
de una manera preponderante sobre los primeros [55]”.
No desconoce la lógica histórica del expansionismo norteamericano
-contra el que viene batallando desde hace ya casi una década
[56] -, por lo que, sin agotarse en “recriminaciones estériles”,
recomienda “medir el horizonte y desarrollar la acción
más eficaz para salvaguardar los destinos” de esta parte
del continente.
Ugarte habla pensando en el porvenir de América Latina. “Empecemos
por saber hasta dónde llegan nuestras fuerzas para poder defender
si es necesario a medio siglo de distancia las prolongaciones de nuestro
espíritu [57]”. Pero la unificación es vital y
no admite deserciones. “Nuestros Eldorados que no saben manufacturar
sus productos y nuestras Prusias que compran sus armamentos al extranjero
[58]” no pueden salvarse desunidos ni restringiendo su unidad
a unos pocos países menos indefensos por su lejanía
geográfica del usurpador. “Para salvar el imperio de
nuestra raza en la mitad del Nuevo Mundo, no basta que las cuatro
o cinco repúblicas más prósperas se mantengan
inaccesibles. Desde el punto de vista general, sería reducir
de una manera monstruosa el radio de nuestra influencia, sin conseguir
trazar por eso una demarcación definitiva. Y desde el punto
de vista particular de cada Estado las tierras sacrificadas así
no resultarían más que un puente tendido al invasor,
que se acercaría irradiando cada vez con mayor fuerza desde
la frontera en marcha, hasta transformarse en un gigantesco vecino
absorbente [59]”.
Ugarte reclama así la unificación de toda la América
española, “desde el norte de México hasta el estrecho
de Magallanes”, por encima de querellas y susceptibilidades
secundarias fomentadas en muchos casos por el propio accionar imperialista.
La pregunta que el lector de “El porvenir…” se hace
a esta altura es ¿qué ocurre con Europa y, esencialmente,
con Gran Bretaña? ¿Cómo ve Ugarte nuestra vinculación
con los países del Viejo Mundo?
Con cierta ingenuidad, tal vez nacida del hecho de que Ugarte escribe
pensando en el continente entero y no exclusivamente en la Argentina
o en el extremo sur del mismo, tras reconocer que “todo el comercio
sudamericano” está en poder de Europa, no ve en ello
riesgo alguno, pues “lo que hace que el peligro europeo se desvanezca
es su propia composición: la diversidad de naciones y de intereses
que lo forman [60]”. Hay una “amenaza real”, la
de los Estados Unidos y una amenaza que él cree “ficticia”,
la de Europa. De todas maneras, esa confianza no le impide advertir
el peligro que implica para nuestros países “entregarse
a los empréstitos y a la industria de una sola gran nación”.
Por el contrario, la voluntad unida de América Latina debe
tender “a reunir el mayor número de competidores”
con el objeto de “neutralizar los apetitos y crecer al calor
de las rivalidades [61]” de las potencias. “Nuestra táctica
debe inspirarse en la que Francia siguió durante el último
conflicto: ni con aquéllos ni con estos [62]”, afirma
Ugarte, pronosticando así la que sería luego su posición
neutralista durante las dos guerras mundiales.
Esa prescindencia tanto de Estados Unidos como de Europa, ese delicado
equilibrio de intereses mutuamente contrapesados, constituye para
Ugarte -aparte de la imprescindible unificación de todas las
secciones latinoamericanas-, una de las principales medidas que puede
esgrimir nuestro continente, “no solo para detener la influencia
invasora de la América inglesa, sino también –de
una manera más amplia- para ponerse al abrigo de todas las
intrusiones [63]”. Para ello, sugiere luchar contra el enemigo
imperialista usando a nuestro favor los fundamentos de la doctrina
Monroe. Con el auxilio de la política, ese “junco flexible
[64]”, y “puesto que los Estados Unidos se empeñan
en preservarnos de Europa, dejémosles hacer, a condición,
naturalmente, de que Europa nos defienda de los Estados Unidos [65]”.
Pero Ugarte no se detiene allí. Emulando en algunos aspectos
la política emancipadora propiciada por Mariano Moreno un siglo
antes en su “Plan Revolucionario de Operaciones”, propone
sembrar la discordia en el campo enemigo, ya que “la poderosa
República del Norte tiene también sus puntos vulnerables
[66]”. Más allá de “la concentración
de las fortunas y el aumento de los monopolios”, preanunciadores
de gigantescas crisis económicas, Estados Unidos vive “un
hondo antagonismo de pueblos, una lucha a muerte entre hombres blancos
y hombres de color que, utilizada por un adversario inteligente, puede
llegar a desangrar su empuje [67] ”. Del mismo modo, aparece
en el panorama mundial un factor nuevo: el Japón, que le disputa
el predominio en Asia y por lo tanto, al igual que Europa, “contribuirá
a contener a los yanquis si sabemos encauzar los hechos hasta equilibrar
las tres fuerzas que se anulan [68]”. Por último, no
descarta Ugarte el estallido que ante cualquier “circunstancia
oportuna” producirá el fermento revolucionario en los
países anexados por el expansionismo imperialista.
Así, “acumulados sobre la base de la unidad, estos elementos
constituyen el andamiaje de un sistema de defensa [69]”, del
que Ugarte no excluye otros aspectos de importancia como el arte y
las comunicaciones.
Con respecto al primero, nuestro autor –poeta y narrador él
mismo- aboga por un arte propio, nacional, pues “los que arguyen
que la belleza es universal, olvidan que el sol también lo
es, y que sin embargo su aspecto y su influencia cambian según
el lugar del mundo que nos sirve de observatorio [70]”. En ese
sentido es importante la construcción de una nueva noción
de nacionalidad, en la cual “las fronteras están más
lejos de lo que suponen los que solo atienden a mantener dominaciones
efímeras, sin comprender que por sobre los intereses del grupo
están los de la patria y por sobre los de la patria los de
la confederación moral que forman los latinos dentro del Continente
[71]”.
Con el fin de estrechar los lazos de esa confederación por
ahora solo moral – pero observable claramente en el matiz propio
de nuestra literatura, de nuestras instituciones políticas,
de nuestro idioma, de nuestros héroes en común, como
San Martín y Bolívar- Ugarte proclama la urgente necesidad
de “establecer comunicaciones especiales entre las diferentes
repúblicas [72]”, a través de la instalación
de líneas telegráficas y ferrocarriles. Las primeras
porque “es un contrasentido que las noticias de la América
española nos lleguen después de haber pasado por Washington
[73]”, y los segundos porque “del intercambio de productos,
gentes e ideas, de la creciente comunidad de costumbres y de propósitos,
brotará acaso al cabo de poco tiempo la necesidad de estrechar
los vínculos hasta unificar el porvenir como confundimos el
pasado [74]”. Esbozando el principio de lo que muchas décadas
después Samir Amin llamaría la “desconexión”,
Ugarte sostiene que “para alcanzar el resultado apetecido sería
preferible que esas comunicaciones no se unieran con las de la nación
invasora y dejaran al Norte, por lo menos durante algunos años,
mientras ganamos vigor, una interrupción y un hueco [75]”.
Con igual osadía, en una época de crudo liberalismo
colonial, plantea también la necesidad de que las vías
férreas que nos intercomuniquen sean “por lo menos propiedad
de los Estados por los cuales atraviesen [76]”.
Otros dos puntos insoslayables de los planteos de Ugarte en este libro
impar son los vinculados con las reformas sociales y políticas
que los tiempos demandan, siempre teniendo en cuenta que “la
civilización no consiste en aplicar dócilmente todas
las fórmulas modernas, sino en tener vida propia y en examinar
las que se ajustan al grupo [77]”.
Con respecto a la cuestión política y en franca oposición
al pensamiento elitista de Gálvez y Rojas, Ugarte se manifiesta
con claridad: “Algunos han atribuido el desorden a la forma
de gobierno, basándose en la frase de Rousseau: «La democracia
conviene a los Estados pequeños, la aristocracia a los medianos
y la monarquía a los grandes.» Pero ni Rousseau hizo
por justificar esa máxima, ni los que invocan tan alta autoridad
tienen en cuenta el ejemplo de los Estados Unidos. Además,
en tales cuestiones no basta considerar lo conveniente; hay que tener
en cuenta lo justo. Aun suponiendo que en los países vastos
resulte difícil mantener la forma republicana, no sería
ésta una razón para caer en el contrasentido más
evidente. Partiendo de la base de que según el mismo Rousseau
cada ciudadano tiene derecho a la libertad, y dado que ésta
es propiedad inalienable de cada uno, fuera sofisma inconcebible reconocerla
a quinientos mil para negarla a diez millones. Toda forma de gobierno
encierra sus peligros y en evitarlos está la habilidad del
legislador. Suprimir el sufragio libre porque de él derivan
la dictadura y el fraude, fuera lo mismo que abolir el pensamiento
porque éste es susceptible de encaminarse hacia el mal [78]”.
En lo atinente a la cuestión social, las opiniones de Ugarte
–por entonces incómodo afiliado al partido socialista
de Juan B. Justo- son también firmes y tajantes. “Una
concepción ensanchada de la justicia empieza a exigir que,
después de haber democratizado el poder político, hagamos
lo posible por democratizar el poder económico [79]”.
Para ello aboga por el arbitraje estatal, “porque si el Estado
se negara a inmiscuirse en las relaciones de los grupos que coexisten
en su seno, tendría que negarse, para ser lógico, a
intervenir en las disputas callejeras [80]”. Así, y ya
que “el porvenir de un país no puede inmolarse en aras
de la riqueza individual”, es necesaria la intervención
del Estado para la cristalización urgente de reivindicaciones
laborales, como la jornada de ocho horas, el descanso semanal, la
reglamentación del trabajo de la mujer y el niño, la
prohibición del trabajo nocturno y diversas medidas de higiene
y salubridad en los talleres, que ayuden a subsanar “los desfallecimientos
de una legislación antigua que sólo defiende las propiedades
en detrimento de los hombres [81]”.
Ahora bien, ese intervencionismo estatal trae consigo “un corolario
obligado”: la participación obrera en las ganancias.
Con su buena lógica de siempre, Ugarte lo explica de este modo:
“si los que entregan su oro a una empresa reciben dividendos
¿por qué no ha de recibirlos el operario que incorpora
a ella su capital de sangre [82]?”.
Estas avanzadas reformas sociales se deben combinar, en opinión
de Ugarte, con la asistencia estatal a los más débiles
“mediante socorros, pensiones, tutelas o seguros que establezcan
una solidaridad tangible entre las diversas porciones de la nación”.
El gasto público que insumirían dichas medidas podría
ser sufragado con “el impuesto progresivo sobre la renta y los
derechos del Estado en las sucesiones”, pero si con ello no
alcanzara “siempre quedaría el recurso de poner a contribución
el factor principal de nuestras prosperidades [83]”, es decir,
la tierra.
Aquí es, sin duda, donde el pensamiento de Ugarte alcanza mayores
niveles de atrevimiento: proponer la expropiación de parte
de la renta agraria, en manos de propietarios ausentistas y parasitarios,
para que el Estado la distribuya en favor de la prosperidad de la
república y de sus habitantes más desvalidos, sigue
siendo hoy la piedra de toque donde se detienen los impulsos incendiarios
de no pocos revolucionarios de gabinete.
La diferencia es que Ugarte era un revolucionario a secas, un pensador
rebelde del Tercer Mundo, cuando esta expresión ni siquiera
había sido acuñada. Él percibía con claridad
que en países como los nuestros, asolados por el imperialismo,
con sus tareas nacionales de unificación e independencia política
todavía inconclusas, “la cuestión obrera no puede
desinteresarnos del problema nacional”, aunque teniendo siempre
en claro que “la victoria del país y el adelanto sindical
son vasos comunicantes [84]”. Ugarte sabía que sin pueblo
no hay revolución posible pero también estaba convencido
de que sin patria liberada no hay posibilidad de liberación
popular alguna. Por eso diría dos años más tarde:
“yo creo que el socialismo debe ser nacional” y por eso
reclamaba, en fecha tan precoz como 1910, la intervención estatal
en la economía declarándose a favor de la nacionalización
de servicios públicos (tranvías y ferrocarriles), minas,
canteras y sobre todo del negocio del seguro, que “absorbe desde
el extranjero una parte fabulosa de nuestra riqueza [85]”.
Un último apartado merecen las concepciones históricas
de Ugarte que lo ubican, como bien apunta Norberto Galasso, “en
el papel de uno de los primeros revisionistas de nuestra historia,
continuador de Alberdi y desarrollando su misma concepción
federal – provinciana [86]”. En efecto, el pensador tucumano
había esbozado, en su crítica a la “Historia de
Belgrano” de Mitre, que “la revolución argentina
es un detalle de la revolución de América; como ésta
es un detalle de la de España; como ésta es un detalle
de la revolución francesa y europea [87] ”. Ugarte desarrolla
esa tesis, opuesta a la visión mitrista de la historia -oficialmente
vigente hasta el día de hoy-, que describe a la revolución
de Mayo como una resultante de las invasiones inglesas y, por ende,
como un mero golpe antiespañol de inspiración librecambista
y probritánica [88]. Citemos a Ugarte: “En las alturas
predominaba el autoritarismo –dice-. En la masa fermentaban
las ideas democráticas. Si el movimiento de protesta contra
los virreyes cobró tan colosal empuje, fue porque la mayoría
de los hispanoamericanos ansiaba obtener las libertades económicas,
políticas, religiosas y sociales que un gobierno profundamente
atrasado y conservador negaba a todos, no sólo en América,
sino en la misma España. Los que pedían un régimen
colonial más amplio en las tierras jóvenes se alzaban
contra la misma fuerza opresora que combatían en el Mundo Viejo
los que reclamaban una Constitución. La revuelta fue un paso
dado hacia las ideas liberales que defendían en la madre patria
muchos patriotas ilustres. Y lo que se reflejó, agrandado por
la distancia, lo que se encarnó en dos símbolos, el
virrey y el comerciante, el pesado engranaje administrativo y las
ágiles fuerzas productoras, fue la rajadura que dividía
a la raza en dos porciones antagónicas. No nos levantamos contra
España, sino contra el grupo retardatario que en uno y otro
hemisferio nos impedía vivir [89]”.
Filiado también en el Alberdi de los “Escritos Póstumos
[90]”, que afirmaba irónicamente en su impugnación
a Mitre: “si el caudillaje es producto de la democracia bárbara,
el despotismo es producto de la democracia inteligente”, Ugarte
–en esto concordando también con Rojas y con Gálvez-
comienza a vislumbrar el sentido de las luchas civiles del siglo XIX
y de algunos de sus protagonistas todavía ocultos “tras
la leyenda sanguinaria que levantaron los adversarios como una polvareda
de huida [91]”. En explícita alusión a la historia
oficial afirma: “Los procedimientos rudos unidos a la dificultad
de separar en lo que a tales episodios se refiere la verdad del error,
envueltos como estamos todavía en las pasiones y las represalias,
hacen que nos dejemos influenciar a menudo por la opinión corriente.
Pero deduciendo sin pasión, leyendo la vida a través
de los comentarios que la adulteran o la violan, caemos fácilmente
en la cuenta de que Rosas y Artigas, hombres apasionados y violentos,
no hubieran levantado tantas resistencias en una época que
precisamente pertenecía a los hombres violentos y apasionados,
si no hubieran vivido en lucha con las pequeñas oligarquías
locales. Dueñas éstas de los medios de publicidad, e
inspiradoras de los pocos que por aquel tiempo podían servirse
eficazmente de una pluma, se defendieron con entusiasmo, y los dictadores
rojos tuvieron que sucumbir ante el ataque de los que, apostados en
las cuatro esquinas de la opinión, les hacían una guerra
insostenible. Pero esos gauchos bravos habían nacido en momentos
en que Europa ardía en la llama de la Revolución, y
a medio siglo de distancia, con las modificaciones fundamentales que
imponía la atmósfera, sintetizaban de una manera confusa
en el Mundo Nuevo el esfuerzo de los de abajo contra los de arriba.
No eran instrumentos de la barbarie. Eran producto de una democracia
tumultuosa en pugna con los grupos directores [92] ”
Finalmente, otro rasgo, de ningún modo sorprendente, que une
a este libro de Ugarte con los reseñados de Gálvez y
Rojas, es el eco glacial con que fue recibido por la pequeña
y por la gran prensa de nuestro país. A diferencia de la notable
repercusión en toda la Patria Grande, entre nosotros fue ignorado
o en todo caso displicentemente recibido como en este comentario del
órgano oficial del Partido Socialista: “El Porvenir de
la América Española es una proclama alarmista. Muchos
han venido agitando la opinión con el peligro yanqui. Pero
los pueblos de nuestro continente no los han escuchado (…).
Y si la propaganda alarmista no encuentra eco en ellos debe ser porque
el peligro no existe. No creemos en la dominación yanqui y
opinamos que toda la conquista no pasará de las republiquetas
en donde se vive en perpetua revuelta [93]”.
El desdén de “saihb” blanco con que habla el articulista
“revolucionario” nos exime de toda acotación.
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