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El Forjista

Juana Azurduy, madre de la Patria

María Seoane

 

 

Publicado en la Revista Caras y Caretas Nro. 59 - Febrero 2020

 

Ninguna tuvo su furia, su tesón, su entrega, su pasión.

Ninguna en el mundo, hasta ella -más allá de la mítica Juana de Arco- había llegado tan alto en la conducción de una guerra y de un ejército, en este caso, de la Independencia latinoamericana contra el imperio español.

Ninguna perdió tanto ni lloró tanto mientras combatía.

Ninguna fue tan amada por los gauchos y los indios que comandó ni fue tan respetada por el gran Manuel Belgrano, que le entregó su sable, que bendijo su uniforme, que confió en ella, como lo hizo San Martín, Y fue comandante de las tropas en la Guerra de las Republiquetas de la Legua bajo el mando de Martín Miguel de Güemes.

Ninguna parió la patria en un parto tan prolongado ni tuvo un destino tan trágico, sólo comparable con el vía crucis maldito del cadáver de Evita, o de las revolucionarias de los años 70, secuestradas, torturadas y sus hijos robados por el Estado terrorista. Porque 200 años antes, Juana Azurduy de Padilla brilló como la estrella más incandescente de las batallas por construir nuestra Patria Grande, siempre atravesada de combates ganados y perdidos, de olvidos de sus héroes siempre abandonados al borde del camino de la historia y siempre, como ella, recuperados para la memoria que no cede en redescubrir a Juana, madre de nuestro destino latinoamericano.

Nació en Toroca, Potosí, actual Bolivia, el 12 de julio de 1780, cuando Latinoamérica era un territorio vasto e inabarcable, asolado por las tropas de Pío Tristán y Juan Manuel de Goyeneche, impiadosos y crueles soldados del imperio español. Hija de una mestiza, que le enseñó quechua, y de un hacendado blanco, muy rico, con quien aprendió a ser una jinete destacada, Juana tuvo una infancia alterada en la fortuna y la orfandad. Tenía siete años cuando sus padres fallecieron. Fue criada por sus tíos y pupila en un convento en Chuquisaca donde llegaron los ecos de las ideas de la Revolución Francesa pero, sobre todo, la memoria aún vida de la sublevación del inca José Gabriel Condorcanqui o Túpac Amaru II y su asesinato en el Cuzco en 1781. A los 25 años, en 1805, Juana se casó con Manuel Ascencio Padilla, hijo también de hacendados, y junto con él abrazó las ideas de los revolucionarios de Mayo, entre ellos Mariano Moreno y Juan José Castelli, que, como el inca Túpac Amaru II, habían estudiado en la Universidad de Chuquisaca.

Juana y Manuel tuvieron cuatro hijos: Manuel, Mariano, Juliana y Mercedes. A partir de 1809, ambos se plegaron a la Revolución de Chuquisaca y a la Revolución de Mayo en 1810. Cuando en 1811 Castelli fue derrotado en la batalla de Huaqui, Juana fue encarcelada junto a sus cuatro hijos, pero se fugó a sangre y fuego y se unió a su esposo para continuar la lucha. Se sumó a las tropas de Belgrano, participó del Éxodo jujeño y formó un ejército de mujeres para pelear por la patria. Belgrano la nombró coronela del Alto Perú y le entregó el sable que el que había conducido en Éxodo jujeño.

La muerte de sus cuatro hijos de malaria, cuando huían del ejército español, la desesperó. Entonces, en medio de la clandestinidad y los combates, Juana y Manuel dieron a luz a Luisa, su quinta hija. El apresamiento y asesinato de Manuel, luego de padecimientos horribles -le cortaron la cabeza y la exhibieron en la plaza pública-, definió el odio irreparable de Juana contra los soldados españoles. Ya no tomaría presos. Juana rescató la cabeza de su marido para darle sepultura. Cavó su tumba con las manos, como había hecho con sus cuatro hijos.

Juana fue ascendida a teniente coronel y se incorporó a las tropas de los Infernales de Güemes contra los españoles. Ambos garantizaron la integridad del territorio argentino en el Norte. La muerte de Güemes en 1821 marcó el fin de la guerra para Juana, que huyó a través de la selva chaqueña junto a su hija Luisa para radicarse en Chuquisaca.

A partir de entonces, en la pobreza, fue olvidada por los nuevos gobiernos patrios hasta que en 1826, Simón Bolívar acompañado por el mariscal Antonio Sucre, la visitó para homenajearla. Dijo, entonces: “Este país no debería llamarse Bolivia sino Padilla o Azurduy, porque son ellos los que lo hicieron libre”.

Le concedieron una pensión que sólo la mantuvo hasta 1830, cuando ambos murieron. Juana entonces, crió a su hija y adoptó a un joven discapacitado llamado Sandi, cuando Luisa se casó y se fue de su lado. Los últimos años de Juana fueron en silencio, la pobreza y el olvido de los suyos al tiempo que era considerada extranjera para el gobierno argentino.

Murió en una habitación de alquiler, surcada de vinchucas. Eligió para morir el 25 de mayo de 1862, día de la Patria que ayudó a nacer, cuando en Buenos Aires aún gobernaba Derqui. La enterraron sin honores militares en una fosa común en su ciudad natal. Muchos años más tarde, se recuperaron sus restos para enterrarlos en un mausoleo en Sucre.

Se hicieron libros y se compusieron canciones en su homenaje, pero recién cuando Bolivia y Argentina fueron gobernadas por gobiernos populares, Juana fue algo más que un recuerdo de fuego. Evo Morales y Cristina Fernández de Kirchner la ascendieron a generala de ambos ejércitos. En 2010 ambos firmaron un tratado que instituyó el día del nacimiento de Juana como el día de la Confraternidad Argentina-Boliviana.

En 2015, inauguraron el monumento realizado por el artista Andrés Zerneri de 16 metros y 25 toneladas en bronce que se alzaba desafiando al viento, en el Parque Colón, detrás de la Casa Rosada. Luego fue trasladado frente al Centro Cultural Kirchner.

Algo más, algo importante: en marzo de 2009, CFK inauguró el Salón de las Mujeres en la Casa Rosada. En 2010, durante los festejos del Bicentenario, recorrió junto a Hugo Chávez el salón. El líder venezolano hizo entonces la venia militar frente a la imagen de Juana para rendirle honores. Cristina le dijo: “Hacés bien en hacerle la venia, porque esta mujer perdió cuatro de sus cinco hijos en las batallas por la Independencia”.

 

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