El Forjista La Resistencia Peronista Capítulo 5 - De Libertadora a Fusiladora |
A mediados del año 56 era evidente para todos, inclusive para el gobierno, que la resistencia peronista adoptaba un carácter francamente peligroso para su continuidad, la represión y el encarcelamiento de miles de militantes políticos y gremiales, lejos de amilanarlos había dado un especial empuje a la lucha. Juan Vigo, un participante de la resistencia, estimaba que en abril de 1956 existían, sólo en el Gran Buenos Aires, cerca de 200 comandos que estaban conformados por una cifra estimada de 10.000 personas. De cualquier manera, es evidente que también existían incontables células clandestinas consistentes sobre todo en amigos que vivían en el mismo barrio y cuya influencia y acciones estaban muchos más circunscriptas. En el máximo de los casos, toda coordinación entre esos grupos, incluso en el mismo vecindario, no pasó de ser muy débil. Esas células se consagraron principalmente a la pintura de consignas y la distribución de volantes; puesto que se trataba de una actividad ilegal si se mencionaba el nombre de Perón o reproducían consignas peronistas, desarrollarla suponía riesgos y constituía una legítima forma de protesta. En 1956 también se intensificó el empleo de bombas contra objetivos militares y edificios públicos. Esta forma de acción exigió una ejecución planificada y cierta experiencia en la fabricación de artefactos explosivos. Actos como la colocación de una bomba en la fábrica militar de Villa Martelli y el atentado contra el depósito de armas del Colegio Militar debieron ser minuciosamente planeados y contar con un mínimo de organización de apoyo. (13) Viendo esta situación de creciente oposición, con una organización más afiatada y acciones de mayor audacia, el gobierno decidió adoptar medidas ejemplificadoras, algunas de las cuales respondían a la solicitud de mayor dureza por parte de la prensa y políticos afines. Por esta razón, a pesar de tener conocimiento que se estaba planificando un levantamiento militar, el gobierno de Aramburu prefirió permitir su desarrollo para con posterioridad, descargar sangrientas represalias que sirvieran para aquietar el ánimo de la rebeldía popular. Teniendo todo el poder de la fuerza de su lado, el grupo liberal optó por el terrorismo de estado para sofocar el movimiento rebelde. El 9 de junio de 1956, bajo la dirección del gral. Valle se produjo un levantamiento contra los libertadores con el objetivo de reinstaurar el orden constitucional y la vigencia de las instituciones. El movimiento tuvo escasas adhesiones, los servicios de inteligencia conocían que el mismo se estaba gestando, pero desde los altos estratos gubernamentales prefirieron esperar, y luego desatar la represión. Salvador Ferla y Rodolfo Walsh estudiaron en detalle los sucesos y responsabilidades de Aramburu y Rojas y sus funcionarios, demostraron fehacientemente que se produjo una de las aberraciones legales y un atroz atentado a la condición humana, como pocas veces se habían visto en nuestra historia, por lo menos hasta 1976. Tal vez haya sido el único caso, en que las medidas punitivas superaron en víctimas a las que produjeron el escaso combate del intento insurreccional. Entre las fuerzas de represión hubo tres bajas, las ejecuciones de los días posteriores efectuadas entre el 10 y el 12 de junio, produjeron 27 muertes. El intento no convocó a más de quinientas personas entre ellas a varios civiles, con cuatro focos rebeldes pero donde sólo se combatió en la ciudad de La Plata. No obstante, fueron asesinados los principales jefes, pero la ceguera revanchista también terminó con la vida de suboficiales y civiles. Así es como fueron ejecutados un cabo y un sargento músicos, otro sargento carpintero y hasta un subteniente de reserva. En Lanus luego del intento de copar una comisaría fueron fusilados el 10 de junio, cuatro civiles junto al tte.cnel. José Irigoyen y un capitán. Otros lugares de ejecución fueron la Penitenciaría Nacional, Campo de Mayo, el Regimiento de La Plata y la Escuela de Mecánica del Ejército. Valle se entregó a las autoridades para detener los fusilamientos de sus camaradas, siendo ejecutado el 12 de junio en la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras. El día anterior en la ciudad de La Plata había caído por las balas del gobierno el tte.cnel. Oscar Lorenzo Cogorno. Un grupo de trabajadores que estaba reunidos en una casa particular escuchando una pelea de boxeo, fueron detenidos y se los condujo a una comisaría de la localidad de San Martín. En la madrugada del día 10 fueron asesinados en los basurales de José León Suarez, algunos como Julio Troxler lograron escapar, pero cinco de ellos perdieron su vida, se trataba de Carlos Alberto Lizaso, Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Mario Brion y Vicente Rodríguez. El Jefe de la Policía de Buenos Aires, tte. cnel. Desiderio Fernández Suarez fue el responsable directo de estos asesinatos. Estas muertes se justificaron bajo la excusa de la Ley Marcial decretada por el gobierno, no obstante las víctimas fueron detenidas antes de conocerse el decreto que la instauraba, por lo que se le aplicó con retroactividad. (14) Estas drásticas medidas fueron un claro ejemplo de terrorismo de estado, infringiendo la Constitución Nacional que suprimió la pena de muerte por cuestiones políticas, pero también desconocieron, llegado el momento, sus propios decretos. El gral. Valle detenido en la cárcel de la calle Las Heras, poco antes de su ejecución escribió una carta a Aramburu donde le decía: Nuestro levantamiento es una expresión más de la indignación incontenible de la inmensa mayoría del pueblo argentino esclavizado. (15) Si bien la máxima responsabilidad de estos asesinatos correspondió a Aramburu y Rojas, no debe olvidarse al grupo instigador, según la terminología de Ferla, quienes desde la prensa o los partidos políticos incitaron al gobierno a endurecer su actitud y adoptar este tipo de decisiones, tal el caso del radical Zavala Ortiz o el socialista Américo Ghioldi. También debe considerarse la dedicación e iniciativa mostrada por el jefe de policía Fernández Suarez para ejecutar trabajadores indefensos, este oficial no pudo ser juzgado por una decisión de la Corte Suprema y del procurador Sebastián Soler quienes dispusieron el traspaso de la causa a la justicia militar, dejando impune los asesinatos de León Suarez. Pese a todo, los libertadores no pudieron lograr sus objetivos, por el contrario, la resistencia no amainó, logrando nutrirse de una mística, por el ejemplo de sus mártires, que multiplicó el ímpetu para luchar contra los gobernantes que tenían sus manos manchadas de la sangre de obreros y militares patriotas que no claudicaban ante la injusticia. Por aquellos días, Perón profundizaba sus ideas relacionadas con la resistencia y su concepción organizativa. Se definía contrario a hacerse ilusiones sobre los golpes militares, en el cuál centraban sus esperanzas los lonardistas desplazados del gobierno. Por esa razón, la primera reacción del líder exiliado fue de repudio al intento del 9 de junio, con el transcurrir del tiempo variará su opinión, reconociendo el patriotismo y valentía del gral. Valle y sus camaradas; y que se trató de un valioso y heroico intento por retornar a la perdida soberanía popular, adhiriendo al reconocimiento que todos los peronistas hacían a sus mártires ejecutados por los libertadores. En ciertos círculos peronistas subsistían esperanzas con respecto a un golpe de timón militar que pusiera las cosas en orden, pero Aramburu y Rojas no habían perdido el tiempo, procedieron con sucesivas purgas que limpiaron a las Fuerzas Armadas de aquellos sectores nacionales, esta tendencia se acentuó con el retorno a la vida militar de aquellos imbuidos de un marcado antiperonismo y un espíritu de venganza, signando a los militares de sesgo ideológico del cuál no han podido desembarazarse hasta hace poco tiempo. El 12 de junio de 1956 Perón insistía en la necesidad de mantener y acentuar la resistencia al régimen: Hace cinco meses impartí las instrucciones sobre la forma en que debíamos encarar el problema: mediante la resistencia civil. Durante estos cinco meses no he hecho sino repetir que los golpes militares no interesan al peronismo porque no era la solución salir de las manos de una dictadura para caer en otra. Que la única solución aceptable para nosotros era la voluntad del pueblo y que para ello debíamos reunir a las fuerzas del pueblo y no a las fuerzas militares. La RESISTENCIA es una lucha intensa diluida en el espacio y el tiempo. Ella exige que todos en todo lugar y momento se conviertan en combatientes contra la canalla dictatorial que usurpa el gobierno. A las armas de la usurpación hay que oponerle las armas del pueblo. (16). |